martes, 30 de diciembre de 2008
Relato bíblico contemporáneo
El bus se detiene,
Las puertas se abren hacia afuera
Y el sonido de la chatarra crujiendo
Podría ser un adelanto de lo que viene.
En la casa
De seguro estarán los primos ya grandes
Y la tía más vieja
............................O enterrada.
La densa figura irregular de los insectos
Amontonados en el alumbrado público
Se parece a la melena que usaba
Cuando me fui.
Después de la nostalgia glutinosa,
Pero necesaria,
Queda el reinventar la parábola
Aunque de pródigo no tenga un pelo
Y no vayan a sacrificar en mi honor
Al novillo más grande
Cuando les relate la versión censurada
De mi derrota a todos los presentes.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
La esposa del taxista
No es el encierro lo que me tiene podrida, China. Te lo juro. Ni la hediondez de esta letrina o tener que coger con la Turca para seguir dizque “viviendo”, si así se le puede decir. Tampoco es el no tener más remedio que soportar durante cada visita familiar a Miguelito y a Luisa diciéndole mamá a su abuela y a mí Julia. Como Julia la chancera o la perra del vecino del frente. Julia como cualquier Julia, no la Julia que los parió.
Todo eso, se puede decir que me lo aguanto. Soy consciente de que no es ninguna injustica; de que así tiene que ser. Pero duele tanto saberse derrotada. No sabés cuanto.
Lo intenté, de eso no hay duda. Gracias a esa madurez prematura, que es como una enfermedad crónica producida por sobredosis de infortunios, desde muy niña tuve claro que no quería ser un par de tetas arrendadas a lo “vos decime como querás, guapo” igual que mi mamá. Y lo logré Chinita, lo logré. No te voy a mentir, ya estando tan inmersa en el asunto no es nada fácil. No porque una lo desee, sino porque es casi imposible verse en una escena distinta a esa.
Vos no tenés idea de lo que es oír como los orgasmos fingidos de tu madre se empiezan a convertir en gritos de dolor y los puñetazos secos de un hombre que la dejan inconsciente, y luego, ver entrar a ese mismo hombre desnudo a tu habitación, forcejear inútilmente por un rato, tratar de impedir que te desgarre la pijama y la entrepierna, y por último, no tener más remedio que entregarse a su asqueroso sexo olor a naftalina. Y al día siguiente, sentirte irracionalmente culpable, sucia, con la mirada perdida, las ganas de no haber nacido y el hastío causado por ver como a tu mamá no le preocupa nada más que aquel tipo se haya ido sin pagar.
Así, ansiosa por largarme de la casa donde tanto me habían quitado y por intentar conseguir una vida totalmente diferente a la que hasta ahora había llevado, me casé con el primero que me lo propuso.
Se llamaba Alonso. Trabajaba manejando medio tiempo el taxi que le prestaba su tío, era flaco, moreno, no muy alto y de mirada poco profunda, como la de los santos de yeso. Me encantaría poderte decir algo más, pero para serte franca, no lo llegué a conocer muy bien.
Meses después de la boda me embaracé de Luisa, mi hija mayor. Tan solo un año más tarde di a luz a Miguelito. A los dos los disfruté muy poco. El tiempo que pude pasar con ellos apenas y me alcanzó para ponerles nombre y verlos crecer unas cuantas tallas.
Un año y unos cuantos meses duró el jueguito. Sin muchos sobresaltos y con una considerable dosis de control sobre cada suceso diario. Justo lo que creía necesitar: una existencia tranquila e insípida que dejaba la sensación de ser algo así como un chisme para nada interesante.
No era feliz, amiga, pero al menos había escapado de lo que según las señoras del barrio me tocaba. Eso ya era algo. Pero así de sencillo y rápido como conseguí huir, se fue todo a la mierda.
Una noche no muy tarde, llegó Alonso sumamente borracho a la casa. Era la primera vez que lo hacía o la primera que yo lo notaba. Me encontraba preparando algo de cenar y no lo sentí entrar. Solo recuerdo que se abalanzó hacia mí con violencia, me dio vuelta hasta quedar frente a frente y me comenzó a manosear con desesperación. De pronto, todo me empezó a dar vueltas. Estaba en mi habitación, oía a mi madre gritar, los golpes, el hombre desnudo restregándose por mi diminuto cuerpo y el olor a naftalina. Luego alcé la vista y ahí estaba Alonso de nuevo, con la mirada más artificial que nunca. Aturdida y revolcada por toda aquella maraña de imágenes viajando entre la memoria y lo que estaba pasando en ese momento, tomé impulsivamente el cuchillo con el que había estado rebanando los tomates para la ensalada y lo clavé una y otra vez en su espalda hasta que dejé de sentir la imprecisión y la rudeza de sus manos y lengua recorrerme.
Después vinieron los trámites triviales y las declaraciones y confesiones cortas y concisas hasta llegar acá a compartir la celda con vos.
Viste, China. No me hice puta, pero sí asesina ¿Ahora entendés lo que me pasa? Terminé siendo casi igual que aquel tipo que me violó de pequeña, solo que en lugar de penetrar con el falo y robar la inocencia, hundí un cuchillo de cocina y quite una vida.
Y no es que me sienta mal por haberlo matado. Mejor que se haya muerto el hijo de puta ése. Pero me siento derrotada, como te dije antes. No maté por gusto ni por dinero, pero maté. Y eso me atormenta como ninguna otra cosa lo hace.
Mirame. Ahora siento que vuelvo a donde inicié. Presa y sin muchas opciones de donde escoger, pero con un par de hijos para quienes no soy más que la muchacha de los lunes a las tres de la tarde.
-Yo te puedo decir mamá si de algo te sirve, Julia- dijo la China mientras trataba de disimular lo lloroso de sus ojos encendiendo un cigarro muy cerca del rostro.
Gracias, Chinita. Con que me escuchés es suficiente. Yo creo que eso es lo que de verdad me hacía falta. Ya debe de estar por llegar mi suegra con los chiquillos. La semana pasada cuando me vino a decir que a mi mamá la había atropellado el bus me trajo unas cuantas revistillas viejas. Si me trae más te las regalo y al rato hasta te pueda enseñar a leer. Ahí viene la oficial para llevarme a la sala de visitas. No voy a tardar mucho. La suegra siempre inventa algún compromiso para marcharse pronto. Cuando vuelva seguimos hablando y me contás vos por qué estas acá.
La China asintió con la cabeza y aprovechó el tiempo mientras Julia volvía para inventar algo decente que contarle a su regreso.
jueves, 11 de diciembre de 2008
martes, 9 de diciembre de 2008
Efecto Tyndall
Sentarme a verla escribir
Me gusta.
Ella fuma,
Se desprende,
Se diluye,
Sube
Y se enreda en el flourescente.
Para ser sincero
También me asusta
Que encuentre la dichosa gotera
De la que no me he podido deshacer
Y no vuelva más.
sábado, 6 de diciembre de 2008
Under construction
A la Sandía
(Porque las casas azules son a prueba de todo).
Si algún día se inunda la casa
O se incendia, tal vez
No dejés que se pierdan
Las pocas cosas que nos quedan.
Salvá los cubiertos y las fotos
De la boda que nunca tuvimos
Ni planeamos tener,
A Sasi, la boston terrier,
Y a sus nueve crías sin pedigree,
La canción que cantás en la ducha
Y algo con que escribir,
La estatura que tenés desde los catorce
Según la bicicleta que guardás en el garaje
Y a la bici, la podés traer también.
Y si después de la maniobra de rescate
No se te ha acabado el aliento
Te pido
Salvame
Que yo consigo un refugio decente
Mientras tanto.
Lo de la casa nueva
Será después.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Los menos
No siempre quien lleva rumbo downtown
En busca de acción para tipos con corto presupuesto
Termina amnésico y feliz
Esperando nada más a lidiar con la bien merecida resaca.
Conozco a varios que se han devuelto a sus casas
Con el puño de billetes de baja denominación
A modo de caja chica
Hechos un nudo en la garganta,
Maldiciendo a todas las cabezas rubias
Hacinadas como el comején en sus ciudades a escala
Y llevándose la nauseabunda impresión de haber visto a Clarita,
La prima tercera,
Contando los bichos muertos en el parabrisas del gringo
Que tantea el código de barras que le pusieron en las tetas.
domingo, 19 de octubre de 2008
Sí hay pero que valga
Pude haberte hablado desde un principio
De los posibles efectos secundarios
Y vos
De las terceras partes involucradas,
Los fetiches raros y las alergias necias.
Pero yo no te querría igual
Si no hubiese tenido que deforestar
Cada sendero hacia tu pequeño pueblo
Darle una religión oficial
Y construirle iglesias;
Hacerle historia
Y guardarla en museos.
Como lo hacés ahora
Si hubieras sabido de las contraindicaciones
Y me hubieses ingerido
Según la dosis adecuada.
jueves, 16 de octubre de 2008
Con Silvia
Estaba harto. Su existencia se resumía a redactar la crónica de cómo se quedó con la deuda de los electrodomésticos y los muebles que al final no le sirvieron para nada y a poner a prueba su inventiva al permitirse elaborar conclusiones idílicas de lo que pudo haber sido su matrimonio si hubiese llegado a más de veinte nueve días.
Él la había adoptado. Con todo y su gusto por la literatura ligera, la música poco ingeniosa, la comida con mucha sal y el desinfectante con olor excesivamente dulce. A ella, en cambio, el trámite de adopción le fue quimérico. El piano irrumpiendo desconsideradamente a la hora que a él se le viniera la gana, los monólogos agotadores e indescifrables, el radio vociferando al menos cuatro veces al día la grabación de Madama Buterfly y la peste a cigarro tan densa que parecía constituir un habitante más en la casa, hicieron que a Silvia no le pesara su anillo del dedo anular ni la foto de estudio con su traje de novia alquilado, colgada de la pared mohosa del recibidor, para marcharse.
No hubo jamás llanto molesto de niños a media noche ni los sonidos de los sartenes y demás implementos de cocina preparando esa cena especial por el aniversario de bodas. En su lugar, llegaron para quedarse el coro de los borrachos desahogándose en el karaoke y la percusión arrítmica de las copas y botellas dándose de topes. Su nuevo roll, con palco numerado en la barra de Chico’s, no era para nada entretenido, pero era muy útil. Más bien, necesario: con un trago de ron erosionándole el tracto digestivo y un cigarrillo en la boca, le resultaba más difícil articular improperios y eran menos frecuentes los comentarios nostálgicos al aire, al cantinero o a todo aquel que se le sentara a la par.
El tiempo para Julio era una idea muy confusa en la cual no le gustaba ahondar, y el espacio, los quinientos metros desde su colchón pestilente hasta el rótulo de neón del cual solo se distinguían unas cuantas letras cursivas.
Así, sin señales de posibles cambios o sucesos que lo hicieran distraerse un poco de la continua desgracia que le hacía pasar esa muy poco afortunada mano de naipes que era su cotidianidad, se las arreglaba para vivir.
Debido a esto, lo que pasó ese martes, fue como la flor imperial que había esperado con tantas ansias.
Estaba sentado en el banquito de siempre; el que le conocía la miseria de sus pantalones, cuando sintió que algo tiraba de su bolsillo izquierdo. Agachó la cabeza para vomitar groseramente su usual “¡qué yo no compro flores, niño!, pero no se topó con la cara sucia y la mano sin los dedos índice y pulgar del pequeño vendedor de rosas y chicles. Frente a él, se encontraba una niña de unos cuatro años, de pelo castaño, una nariz respingada peligrosamente familiar y un par de ojos negros que parecía dos interjecciones.
Fue como si se besaran con las córneas y los párpados cayeran en coma un coma profundo de dos minutos.
No entendía a que se debían las contracciones estomacales y la respiración agitada. ¿Qué era lo que tenía esa diminuta mujercita que la hacía tan intrigante y aterradora?
La niña dejó de verlo y se dispuso a cruzar el bar. Le había cortado por segunda vez el cordón umbilical. Julio, aún atónito, la siguió con la mirada hasta el final de su camino que tenía como línea de meta dos muslos de mujer colocados sobre unos tacones rojos tan altos que hacían de aquella imagen un sorprendente acto de equilibrismo. Se abrasó de las piernas y enterró sus deditos en los orificios que la celulitis había esculpido en esas extremidades femeninas.
Julio recorrió con la vistas la silueta del curvilíneo cuerpo para dar con el rostro de la dueña de tan exuberantes zapatos.
Nariz respingada. Ojos verdes como dos interjecciones. Silvia.
Ahora entendía porqué la pequeña había hecho que le temblaran las rodillas y le sudaran las manos. Era igual a su madre. Excepto por el cabello negro y los ojos verdes, compartían absolutamente todas sus facciones y rasgos físicos. Junto a ellas estaba un hombre alto, de cabello castaño y ojos negros. Supuso que era su padre.
Quedó petrificado. Él no se esperaba tal golpe a esas alturas de su vida. Vio como se alejaba la familia que de no ser por unos cuantos desajustes en la maquinaria de su destino hubiese sido suya. En lo que tardaron los tres en desparecer por la puerta trasera, Julio empezó a sentir una bestiecilla que se revolcaba violentamente en su tórax. Era la primera vez en años que sentía algo más que un cadáver con habilidades motoras. La experiencia de ver a Silvia con su esposo e hija, no había sido nada gratificante. Pero al menos la había visto. Tenía que hablarle, tocarla, invitarle a un café de los que tanto le gustaban… ¿A él que le tenían que importar la muchachita ésa y el esposo? Ellos se apoderaron de su Silvia, sin tomar en cuenta si el puesto estaba vacante.
Se levantó del banquito, y si no hubiese estado borracho hasta habría corrido. Salió de Chico’s a buscarla. Preguntó por ella en el callejón de las putas y en los puestos de revistas y periódicos, examinó todos los locales abiertos, bares, restaurantes, cafeterías, casas de juego…
No la encontró. Sentía que la bestiecilla se volvía a dormir y que aquel encuentro fugaz se estaba convirtiendo en una historia escrita en una carta sin remitente y con destino a algún pequeño país dónde no se hablara español.
No sabiendo que más hacer, decidió irse a refugiar en la indecencia de su casa.
Ya se le había olvidado casi por completo lo acontecido la noche anterior. Se volvió a tapar la boca con el ron y los cigarros, pero esta vez, con la certeza de que Silvia volvería.
Algún día iba a regresar. Tal vez con más hijos, con otros maridos o soltera; tal vez con unos zapatos verdes o azules, siempre y cuando, tuviese Julio mucho alcohol e inspiración a la mano.
Muchas veces le habían dicho que habría sido mejor escritor que pianista.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Divagamos
Siempre acaba así el día
Acostados boca arriba formando paralelas
Y contemplando las posibilidades
De intersecar a alguien más
Perpendicularmente,
De mentirle yo a mi Fulana
Sobre el estado del tiempo
O la distancia real hasta la pizzería
Y de cantarle vos a tu Zutano
Alguna de tus letras sin rima
Improvisadas de momento
Ellos, deberían ser más caritativos
Y dejarse encontrar
Lo antes posible
Nosotros, más responsables, y llenar
Provisionalmente, el espacio entre
Codo y codo con el sueño inducido y la migraña.
martes, 26 de agosto de 2008
Traductor
Dijo ella.
Con gusto le hubiese dado
Mucho más de esos quince minutos extra
Lo malo
Es que yo hablaba de horas
Y ella de habitaciones
Con camas individuales
Y bureaus no compartidos.
Debí haberle hecho caso a mi madre
Y optar por la poliglotía.
domingo, 17 de agosto de 2008
De Este a Oeste
Yo debería dejar de jugar al severo
De todas formas
¿Qué caso tiene toda esta política de defensa?
Vos, igual,
Seguís invadiendo éste,
Mi hemisferio del colchón,
Con tu diplomático meñique
Del pie derecho, que peregrina
Por el accidentado relieve
De los dedos fugitivos de la ropa de cama.
¡Qué continúen los sobornos
Y el tráfico de influencias!
Ya decidí cederte mis colonias enteras
Y mi soberanía.
miércoles, 30 de julio de 2008
Piscis. 18 de Febrero al 19 de Marzo.
Al principio, era fácil pasar por alto lo cansado que se volvía la cita en el mismo café de la esquina, en la misma mesa número 8 diagonal al estante de los postres y los mismos cuatro cigarrillos que cronometraban con exactitud la misma conversación de todo el tiempo, con la intervención esporádica de alguna anécdota (por lo general ajena). El menú si lo variábamos. No se puede negar que de vez en cuando hacíamos un esfuerzo.
Y eso, solo por hablar de los encuentros premeditados, los casuales, eran aún menos productivos. Ante la mínima alerta de una caricia en algún sector insospechado de la espalda baja o la sensación de que los minutos se largaban de nuestro rango de control, sacudíamos la cabeza y nos dejábamos de ver a los ojos. Mejor cambiar las coordenadas de la mirada hacia el televisor. El noticiero, como los cafés a la medida, nos inspiraba seguridad.
Seguridad. Tal vez demasiada. Y es que paulatinamente, dejó de ser la seguridad que se siente al tener bien atados los cordones de los zapatos, era más bien, como ser dos manojos de billetes enclaustrados en una caja fuerte.
Ya todo esto era como la coreografía de una canción “pop”, y nosotros, como dos bailarines con pánico escénico. Bueno, al menos, eso pensaba yo. Supuse que ella creía algo similar. Nunca estuve seguro de sus opiniones, en realidad, jamás llegué a escuchar una. Siempre confié en nuestro carácter y pensamiento tan parecidos para sacar todo tipo de deducciones al respecto.
Fue por eso, que actué dejándome llevar por mis impulsos como un niño travieso.
Le dije que me iba a tomar el día libre, le preparé el desayuno y le di un beso en la frente. La tomé de las manos y compartimos un breve momento de silencio. Supuse (sí, de nuevo supuse) que había entendido. Me sonrió, descuartizó el periódico, agarró la sección de pasatiempos y el horóscopo y se fue.
Envuelto en el frenesí de mis buenas intenciones, le hice sus maletas y le preparé una merienda para el camino. Me sentía como un gran libertador en plena batalla. Ella iba a ser tan feliz... ¡Yo lo hacía por los dos!
En la tarde, volvió. Al abrir la puerta, se tropezó con las mismas valijas de piel que había traído el día que decidimos vivir juntos. Su expresión no era la que yo esperaba. No se veía agradecida ni feliz. Fue en ese momento, cuando al nudo que ella tenía en la garganta se le podía calcular la circunferencia desde el balcón del vecino, que caí en cuenta.
Mis suposiciones eran un asco. Definitivamente, yo no poseía la bendita telequinesis ésa de la que tanto me jactaba. Pero, a estas alturas, ¿yo ya qué podía hacer? Me había cagado en todo. No me quedaba más que refugiarme en mi desmesurado cinismo y mis buenas intenciones.
-Te llamé un taxi. Le dije.
Pero ella no respondió. Ni siquiera despegó un poco los labios. Si hasta el momento no había intervenido, ¿para qué hacerlo ahora? Ella sabía que también tenía parte en el asunto.
La dejé sentada en el sofá frente a la pecera y me quedé observándola cobardemente desde la cocina sin que se diera cuenta. Verla con las pupilas como arpones persiguiendo a través del cristal a los ángeles que nadaban inquietos y desubicados, como para reclamarles lo inexacto que había sido para piscis el horóscopo del día de hoy, fue igual que recibir una bofetada del mismísimo Demonio.
No pude más. Subí a la habitación, me llevé conmigo el sándwich de pavo y el jugo de uva que para ese entonces no tenía idea de por qué le había alistado y me dejé caer en el colchón rogando para que el mito de la combustión espontánea fuera real, y poder así, quedar carbonizado sobre la cama matrimonial que ahora, por imbécil, era toda para mí.
Lo último que recuerdo es el pito necio del taxi, el portazo, lo increíblemente estúpido que me sentí por ni siquiera ayudarle a cargar las maletas al auto y no haber tenido la cortesía de avisarle que al día siguiente le iba a cambiar el llavín a la puerta del apartamento.
miércoles, 23 de julio de 2008
Habituado
Y de sostener y seguir sosteniendo
De engordar con las sobras de la cena
Y el concentrado del que viene en latas
Al insolente gato ése
Que tengo de inquilino en el hígado.
A ver cuanto cede el tejido
El felino se hincha de tanto comer.
viernes, 6 de junio de 2008
jueves, 1 de mayo de 2008
Mijaíl Vinográdov
Golpes a destiempo
Repentinos,
O más esperados de la cuenta,
Que la piel se vuelve frágil
Como una carta vieja
Y la capacidad de sorprenderse
Se pierde entre
Los recuerdos persistentes
De los kilómetros gastados
Con vos en las capitales
Y las cucharadas de tiempos compartidos
Ardiendo aún en la boca.
Es justo ahí,
Detrás de la lejanía
Y lo ajenos de tus frases más típicas,
Donde la palabra amor
No es más que el nombre impronunciable
De un turista extranjero.
jueves, 20 de marzo de 2008
Suyo
Suyos el libre albedrío
Y los cajones para guardarlas.
Mío el trayecto a la espina dorsal
Suyos los cronómetros
Y los tiempos record al recorrerla.
Nuestro el puente roto en el pecho
Que entrecorta las exhalaciones.
Los sombreros son como las ideas
Son como las ideas
Anidan en el cráneo
Y lo abrazan;
Lamen sus contornos
Hasta volverse talla única
Para vos
Soy un sombrero de copa
De esos duros y ridículos,
Para mí
Sos una de esas boinas a la francesa
Con las que envejecen los caballeros.


