miércoles, 24 de diciembre de 2008

La esposa del taxista

No es el encierro lo que me tiene podrida, China. Te lo juro. Ni la hediondez de esta letrina o tener que coger con la Turca para seguir dizque “viviendo”, si así se le puede decir. Tampoco es el no tener más remedio que soportar durante cada visita familiar a Miguelito y a Luisa diciéndole mamá a su abuela y a mí Julia. Como Julia la chancera o la perra del vecino del frente. Julia como cualquier Julia, no la Julia que los parió.

Todo eso, se puede decir que me lo aguanto. Soy consciente de que no es ninguna injustica; de que así tiene que ser. Pero duele tanto saberse derrotada. No sabés cuanto.

Lo intenté, de eso no hay duda. Gracias a esa madurez prematura, que es como una enfermedad crónica producida por sobredosis de infortunios, desde muy niña tuve claro que no quería ser un par de tetas arrendadas a lo “vos decime como querás, guapo” igual que mi mamá. Y lo logré Chinita, lo logré. No te voy a mentir, ya estando tan inmersa en el asunto no es nada fácil. No porque una lo desee, sino porque es casi imposible verse en una escena distinta a esa.

Vos no tenés idea de lo que es oír como los orgasmos fingidos de tu madre se empiezan a convertir en gritos de dolor y los puñetazos secos de un hombre que la dejan inconsciente, y luego, ver entrar a ese mismo hombre desnudo a tu habitación, forcejear inútilmente por un rato, tratar de impedir que te desgarre la pijama y la entrepierna, y por último, no tener más remedio que entregarse a su asqueroso sexo olor a naftalina. Y al día siguiente, sentirte irracionalmente culpable, sucia, con la mirada perdida, las ganas de no haber nacido y el hastío causado por ver como a tu mamá no le preocupa nada más que aquel tipo se haya ido sin pagar.

Así, ansiosa por largarme de la casa donde tanto me habían quitado y por intentar conseguir una vida totalmente diferente a la que hasta ahora había llevado, me casé con el primero que me lo propuso.

Se llamaba Alonso. Trabajaba manejando medio tiempo el taxi que le prestaba su tío, era flaco, moreno, no muy alto y de mirada poco profunda, como la de los santos de yeso. Me encantaría poderte decir algo más, pero para serte franca, no lo llegué a conocer muy bien.

Meses después de la boda me embaracé de Luisa, mi hija mayor. Tan solo un año más tarde di a luz a Miguelito. A los dos los disfruté muy poco. El tiempo que pude pasar con ellos apenas y me alcanzó para ponerles nombre y verlos crecer unas cuantas tallas.

Un año y unos cuantos meses duró el jueguito. Sin muchos sobresaltos y con una considerable dosis de control sobre cada suceso diario. Justo lo que creía necesitar: una existencia tranquila e insípida que dejaba la sensación de ser algo así como un chisme para nada interesante.

No era feliz, amiga, pero al menos había escapado de lo que según las señoras del barrio me tocaba. Eso ya era algo. Pero así de sencillo y rápido como conseguí huir, se fue todo a la mierda.

Una noche no muy tarde, llegó Alonso sumamente borracho a la casa. Era la primera vez que lo hacía o la primera que yo lo notaba. Me encontraba preparando algo de cenar y no lo sentí entrar. Solo recuerdo que se abalanzó hacia mí con violencia, me dio vuelta hasta quedar frente a frente y me comenzó a manosear con desesperación. De pronto, todo me empezó a dar vueltas. Estaba en mi habitación, oía a mi madre gritar, los golpes, el hombre desnudo restregándose por mi diminuto cuerpo y el olor a naftalina. Luego alcé la vista y ahí estaba Alonso de nuevo, con la mirada más artificial que nunca. Aturdida y revolcada por toda aquella maraña de imágenes viajando entre la memoria y lo que estaba pasando en ese momento, tomé impulsivamente el cuchillo con el que había estado rebanando los tomates para la ensalada y lo clavé una y otra vez en su espalda hasta que dejé de sentir la imprecisión y la rudeza de sus manos y lengua recorrerme.

Después vinieron los trámites triviales y las declaraciones y confesiones cortas y concisas hasta llegar acá a compartir la celda con vos.

Viste, China. No me hice puta, pero sí asesina ¿Ahora entendés lo que me pasa? Terminé siendo casi igual que aquel tipo que me violó de pequeña, solo que en lugar de penetrar con el falo y robar la inocencia, hundí un cuchillo de cocina y quite una vida.

Y no es que me sienta mal por haberlo matado. Mejor que se haya muerto el hijo de puta ése. Pero me siento derrotada, como te dije antes. No maté por gusto ni por dinero, pero maté. Y eso me atormenta como ninguna otra cosa lo hace.

Mirame. Ahora siento que vuelvo a donde inicié. Presa y sin muchas opciones de donde escoger, pero con un par de hijos para quienes no soy más que la muchacha de los lunes a las tres de la tarde.

-Yo te puedo decir mamá si de algo te sirve, Julia- dijo la China mientras trataba de disimular lo lloroso de sus ojos encendiendo un cigarro muy cerca del rostro.

Gracias, Chinita. Con que me escuchés es suficiente. Yo creo que eso es lo que de verdad me hacía falta. Ya debe de estar por llegar mi suegra con los chiquillos. La semana pasada cuando me vino a decir que a mi mamá la había atropellado el bus me trajo unas cuantas revistillas viejas. Si me trae más te las regalo y al rato hasta te pueda enseñar a leer. Ahí viene la oficial para llevarme a la sala de visitas. No voy a tardar mucho. La suegra siempre inventa algún compromiso para marcharse pronto. Cuando vuelva seguimos hablando y me contás vos por qué estas acá.

La China asintió con la cabeza y aprovechó el tiempo mientras Julia volvía para inventar algo decente que contarle a su regreso.

2 comentarios:

Camila dijo...

que bueno rodolfo, buen regalo de navidad leer esto.

Saludos y felices celebraciones de fin de año ja. ;-)

Ana I. dijo...

Me gustó mucho, postee la de la China ;)