La bola de pelusa, basura y polvo que rodaba por la habitación se fue haciendo cada vez más grande. Pasó de ser del tamaño de nuestros pulgares a ser, inclusive, más grande que nuestra nevera recién estrenada ¿Te imaginás la incomodidad de continuar tratando de ignorar semejante cosa? Ni pensarlo.
Al principio, era fácil pasar por alto lo cansado que se volvía la cita en el mismo café de la esquina, en la misma mesa número 8 diagonal al estante de los postres y los mismos cuatro cigarrillos que cronometraban con exactitud la misma conversación de todo el tiempo, con la intervención esporádica de alguna anécdota (por lo general ajena). El menú si lo variábamos. No se puede negar que de vez en cuando hacíamos un esfuerzo.
Al principio, era fácil pasar por alto lo cansado que se volvía la cita en el mismo café de la esquina, en la misma mesa número 8 diagonal al estante de los postres y los mismos cuatro cigarrillos que cronometraban con exactitud la misma conversación de todo el tiempo, con la intervención esporádica de alguna anécdota (por lo general ajena). El menú si lo variábamos. No se puede negar que de vez en cuando hacíamos un esfuerzo.
Y eso, solo por hablar de los encuentros premeditados, los casuales, eran aún menos productivos. Ante la mínima alerta de una caricia en algún sector insospechado de la espalda baja o la sensación de que los minutos se largaban de nuestro rango de control, sacudíamos la cabeza y nos dejábamos de ver a los ojos. Mejor cambiar las coordenadas de la mirada hacia el televisor. El noticiero, como los cafés a la medida, nos inspiraba seguridad.
Seguridad. Tal vez demasiada. Y es que paulatinamente, dejó de ser la seguridad que se siente al tener bien atados los cordones de los zapatos, era más bien, como ser dos manojos de billetes enclaustrados en una caja fuerte.
Ya todo esto era como la coreografía de una canción “pop”, y nosotros, como dos bailarines con pánico escénico. Bueno, al menos, eso pensaba yo. Supuse que ella creía algo similar. Nunca estuve seguro de sus opiniones, en realidad, jamás llegué a escuchar una. Siempre confié en nuestro carácter y pensamiento tan parecidos para sacar todo tipo de deducciones al respecto.
Fue por eso, que actué dejándome llevar por mis impulsos como un niño travieso.
Le dije que me iba a tomar el día libre, le preparé el desayuno y le di un beso en la frente. La tomé de las manos y compartimos un breve momento de silencio. Supuse (sí, de nuevo supuse) que había entendido. Me sonrió, descuartizó el periódico, agarró la sección de pasatiempos y el horóscopo y se fue.
Envuelto en el frenesí de mis buenas intenciones, le hice sus maletas y le preparé una merienda para el camino. Me sentía como un gran libertador en plena batalla. Ella iba a ser tan feliz... ¡Yo lo hacía por los dos!
En la tarde, volvió. Al abrir la puerta, se tropezó con las mismas valijas de piel que había traído el día que decidimos vivir juntos. Su expresión no era la que yo esperaba. No se veía agradecida ni feliz. Fue en ese momento, cuando al nudo que ella tenía en la garganta se le podía calcular la circunferencia desde el balcón del vecino, que caí en cuenta.
Mis suposiciones eran un asco. Definitivamente, yo no poseía la bendita telequinesis ésa de la que tanto me jactaba. Pero, a estas alturas, ¿yo ya qué podía hacer? Me había cagado en todo. No me quedaba más que refugiarme en mi desmesurado cinismo y mis buenas intenciones.
-Te llamé un taxi. Le dije.
Pero ella no respondió. Ni siquiera despegó un poco los labios. Si hasta el momento no había intervenido, ¿para qué hacerlo ahora? Ella sabía que también tenía parte en el asunto.
La dejé sentada en el sofá frente a la pecera y me quedé observándola cobardemente desde la cocina sin que se diera cuenta. Verla con las pupilas como arpones persiguiendo a través del cristal a los ángeles que nadaban inquietos y desubicados, como para reclamarles lo inexacto que había sido para piscis el horóscopo del día de hoy, fue igual que recibir una bofetada del mismísimo Demonio.
No pude más. Subí a la habitación, me llevé conmigo el sándwich de pavo y el jugo de uva que para ese entonces no tenía idea de por qué le había alistado y me dejé caer en el colchón rogando para que el mito de la combustión espontánea fuera real, y poder así, quedar carbonizado sobre la cama matrimonial que ahora, por imbécil, era toda para mí.
Lo último que recuerdo es el pito necio del taxi, el portazo, lo increíblemente estúpido que me sentí por ni siquiera ayudarle a cargar las maletas al auto y no haber tenido la cortesía de avisarle que al día siguiente le iba a cambiar el llavín a la puerta del apartamento.
3 comentarios:
mae muy bueno. me gusta más su prosa, jaja seguro xq soy muy maje para entender los versos. pero tambien excelentes algo asi como una epifania y a duo. tuanis
"que ahora, por imbécil, era toda para mi"
muy muy muy bueno en serio bofo...
esas cosas pasan siempre, y aun así uno sigue creyéndo en el horóscopo.
felicidades =)
:O
lo mejor que he leido de usted
genial
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