jueves, 16 de octubre de 2008

Con Silvia

El asco ya era insoportable. Y no precisamente el asco que el alcohol barato y los bocadillos de la cantina, que perfectamente podían ser preparados con carne de rata, habían impregnado en su paladar, a ése ya era inmune; sino el que le dejó lo de Silvia hace tantos años atrás.

Estaba harto. Su existencia se resumía a redactar la crónica de cómo se quedó con la deuda de los electrodomésticos y los muebles que al final no le sirvieron para nada y a poner a prueba su inventiva al permitirse elaborar conclusiones idílicas de lo que pudo haber sido su matrimonio si hubiese llegado a más de veinte nueve días.

Él la había adoptado. Con todo y su gusto por la literatura ligera, la música poco ingeniosa, la comida con mucha sal y el desinfectante con olor excesivamente dulce. A ella, en cambio, el trámite de adopción le fue quimérico. El piano irrumpiendo desconsideradamente a la hora que a él se le viniera la gana, los monólogos agotadores e indescifrables, el radio vociferando al menos cuatro veces al día la grabación de Madama Buterfly y la peste a cigarro tan densa que parecía constituir un habitante más en la casa, hicieron que a Silvia no le pesara su anillo del dedo anular ni la foto de estudio con su traje de novia alquilado, colgada de la pared mohosa del recibidor, para marcharse.

No hubo jamás llanto molesto de niños a media noche ni los sonidos de los sartenes y demás implementos de cocina preparando esa cena especial por el aniversario de bodas. En su lugar, llegaron para quedarse el coro de los borrachos desahogándose en el karaoke y la percusión arrítmica de las copas y botellas dándose de topes. Su nuevo roll, con palco numerado en la barra de Chico’s, no era para nada entretenido, pero era muy útil. Más bien, necesario: con un trago de ron erosionándole el tracto digestivo y un cigarrillo en la boca, le resultaba más difícil articular improperios y eran menos frecuentes los comentarios nostálgicos al aire, al cantinero o a todo aquel que se le sentara a la par.

El tiempo para Julio era una idea muy confusa en la cual no le gustaba ahondar, y el espacio, los quinientos metros desde su colchón pestilente hasta el rótulo de neón del cual solo se distinguían unas cuantas letras cursivas.

Así, sin señales de posibles cambios o sucesos que lo hicieran distraerse un poco de la continua desgracia que le hacía pasar esa muy poco afortunada mano de naipes que era su cotidianidad, se las arreglaba para vivir.

Debido a esto, lo que pasó ese martes, fue como la flor imperial que había esperado con tantas ansias.

Estaba sentado en el banquito de siempre; el que le conocía la miseria de sus pantalones, cuando sintió que algo tiraba de su bolsillo izquierdo. Agachó la cabeza para vomitar groseramente su usual “¡qué yo no compro flores, niño!, pero no se topó con la cara sucia y la mano sin los dedos índice y pulgar del pequeño vendedor de rosas y chicles. Frente a él, se encontraba una niña de unos cuatro años, de pelo castaño, una nariz respingada peligrosamente familiar y un par de ojos negros que parecía dos interjecciones.

Fue como si se besaran con las córneas y los párpados cayeran en coma un coma profundo de dos minutos.

No entendía a que se debían las contracciones estomacales y la respiración agitada. ¿Qué era lo que tenía esa diminuta mujercita que la hacía tan intrigante y aterradora?

La niña dejó de verlo y se dispuso a cruzar el bar. Le había cortado por segunda vez el cordón umbilical. Julio, aún atónito, la siguió con la mirada hasta el final de su camino que tenía como línea de meta dos muslos de mujer colocados sobre unos tacones rojos tan altos que hacían de aquella imagen un sorprendente acto de equilibrismo. Se abrasó de las piernas y enterró sus deditos en los orificios que la celulitis había esculpido en esas extremidades femeninas.

Julio recorrió con la vistas la silueta del curvilíneo cuerpo para dar con el rostro de la dueña de tan exuberantes zapatos.

Nariz respingada. Ojos verdes como dos interjecciones. Silvia.

Ahora entendía porqué la pequeña había hecho que le temblaran las rodillas y le sudaran las manos. Era igual a su madre. Excepto por el cabello negro y los ojos verdes, compartían absolutamente todas sus facciones y rasgos físicos. Junto a ellas estaba un hombre alto, de cabello castaño y ojos negros. Supuso que era su padre.

Quedó petrificado. Él no se esperaba tal golpe a esas alturas de su vida. Vio como se alejaba la familia que de no ser por unos cuantos desajustes en la maquinaria de su destino hubiese sido suya. En lo que tardaron los tres en desparecer por la puerta trasera, Julio empezó a sentir una bestiecilla que se revolcaba violentamente en su tórax. Era la primera vez en años que sentía algo más que un cadáver con habilidades motoras. La experiencia de ver a Silvia con su esposo e hija, no había sido nada gratificante. Pero al menos la había visto. Tenía que hablarle, tocarla, invitarle a un café de los que tanto le gustaban… ¿A él que le tenían que importar la muchachita ésa y el esposo? Ellos se apoderaron de su Silvia, sin tomar en cuenta si el puesto estaba vacante.

Se levantó del banquito, y si no hubiese estado borracho hasta habría corrido. Salió de Chico’s a buscarla. Preguntó por ella en el callejón de las putas y en los puestos de revistas y periódicos, examinó todos los locales abiertos, bares, restaurantes, cafeterías, casas de juego…

No la encontró. Sentía que la bestiecilla se volvía a dormir y que aquel encuentro fugaz se estaba convirtiendo en una historia escrita en una carta sin remitente y con destino a algún pequeño país dónde no se hablara español.

No sabiendo que más hacer, decidió irse a refugiar en la indecencia de su casa.

Ya se le había olvidado casi por completo lo acontecido la noche anterior. Se volvió a tapar la boca con el ron y los cigarros, pero esta vez, con la certeza de que Silvia volvería.

Algún día iba a regresar. Tal vez con más hijos, con otros maridos o soltera; tal vez con unos zapatos verdes o azules, siempre y cuando, tuviese Julio mucho alcohol e inspiración a la mano.

Muchas veces le habían dicho que habría sido mejor escritor que pianista.

3 comentarios:

Ching dijo...

Interesante

Su prosa es genial... me siento muy identificado, probablemente porqué soy aficionado al piano y a la literatura.

Bastante fuerte, una historia que permite leerse y llevarse. La trama es simple, el ritmo es muy agradable

BRAVO!!!! esta genial!

Diego dijo...

Mae muy bueno.

Me gustó la trama, lo interno que está el cuento. Aunque tiene un verso muy bueno, también es genial la prosa.

Bravo

Anónimo dijo...

Me gustó bastante el cuento, muy agradable. Espero seguir leyendo más!